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FLORA INTESTINAL

Cultivando nuestro Jardín Interior 
Pocos conocen, que el sistema digestivo contiene más microorganismos, que la cantidad total de células existentes en todo nuestro cuerpo, las cuales se estiman en aproximadamente 60 billones de unidades. Estas formas de vida microscópicas son principalmente bacterias, que pueden ser tanto benéficas como patógenas.
 
Las que se denominan probióticas (a favor de la vida), son consideradas altamente benéficas. Se caracterizan por producir ácido láctico, ácido acético, enzimas digestivas y vitaminas. También son fundamentales para reforzar nuestro sistema inmunitario.

Los probióticos están representados por tres grupos principales: los lactobacilos, las bifidobacterias y algunos estreptococos. Por ejemplo, tres de los más conocidos son el Lactobacilus acidophilus, el Bifidobacterium bifidus y el Streptococus faecium.

 

En cambio, son microorganismos patógenos (causantes de enfermedad) los que están vinculados a procesos putrefactivos, como la Escherichia coli, que pertenece al grupo de las bacterias coliformes. Este grupo,  se caracteriza por producir algunas tóxinas patógenas como la etionina (asociada a la aparición de tumores en animales de laboratorio) y otras no menos perniciosas, que dan un olor muy desagradable como el indol y el escatol (de ahí surge la palabra escatológico asociado a los excrementos).

Una predominancia de bacterias patógenas distorsiona el equilibrio ácido-alcalino del colon, que en estado de salud debería ser ligeramente ácido. El rol de estos microorganismos no es negativo sólo por su función putrefactiva sobre la materia fecal no eliminada, sino también porque los residuos metabólicos que producen, agravan la toxemia ya instalada en el intestino grueso.

El «principio de exclusión competitiva» determina que, a mayor proporción de microorganismos probióticos, se dejan menos espacios expuestos para la proliferación de microorganismos patógenos. El colon no es ni debería ser la excepción, pudiendo estimularse una mayor preponderancia de probióticos.

Es interesante resaltar, que la primera mitad del colon es la responsable de generar y de acumular una flora intestinal que garantiza el funcionamiento equilibrado del intestino grueso. En este sentido el apéndice vermiforme juega un rol esencial, ya que es el principal reservorio de bacterias benéficas del organismo.

A la luz de su importantísima función para mantener una equilibrada flora bacteriana, la extirpación quirúrgica del aparentemente «inútil» apéndice, debería ser pensada dos veces. En todo caso, la inflamación del apéndice no es tanto causa, sino consecuencia de otro tipo de desórdenes. Así como pretender suprimir la fiebre rompiendo el termómetro, es claramente absurdo, remover el apéndice sin modificar las causas que provocaron su inflamación es potencialmente perjudicial.

Increíblemente, el total de más de 80 billones de microorganismos que están dentro de nuestro sistema digestivo, pesan cerca de dos kilogramos. Y aproximadamente un 30% del volumen de materia fecal que eliminamos, está compuesta por una proporción variable de estos microorganismos tanto probióticos como patógenos.

Si bien la proporción ideal de microorganismos dentro de nuestras deposiciones, debería ser 85% probióticos y 15% patógenos, las características de nuestra dieta provoca una relación distinta entre ambos (llamada también disbacteriosis), que muchas veces resulta en una preponderancia de los microorganismos patógenos por sobre los probióticos.

Esta prevalencia de bacterias patógenas, es una de las principales causas del olor nauseabundo de las heces de algunas personas. Una deducción obvia es que si existieran mayoritariamente  microorganismos probióticos, las heces tendrían muy poco olor y un efecto adicional sería la disminución de flatulencias.

Una forma natural y económica de incorporar probióticos a nuestro organismo, es a través de la ingesta cotidiana de bebidas naturalmente fermentadas. Las siguientes tres opciones representan las mejores y más sencillas alternativas:

1) Kéfir: se trata de una combinación simbiótica de bacterias, hongos y levaduras. Es recomendable usar la siguiente proporción, tres cucharadas soperas colmadas de gránulos de kefir en un litro de agua tibia y tres cucharadas soperas colmadas de azúcar orgánica Mascabo bien disueltas. Luego de 24 horas, se obtiene una bebida carbonatada deliciosa, que puede conservarse en heladera. El sabor del ácido láctico es suave y gustoso al paladar.

2) Kombucha: es un conjunto de levaduras y bacterias, que actúan sinérgicamente fermentando una cierta cantidad de té negro o verde, edulcorado con azúcar durante una semana. Es una bebida muy agradable y refrescante, donde los efectos principales se atribuyen a las bacterias ácido acéticas que sintetizan ácido glucorónico.

3) Rejuvelac (o Agua Enzimática): existen muchas recetas, pero la más sencilla es la realizada a partir de repollo crudo (ya sea blanco o rojo) triturado y agua tibia. El rejuvelac de repollo, presenta la mayor cantidad conocida de lactobacilos que cualquier otro probiótico. Su preparación es un poco más trabajosa que el Kéfir y que la Kombucha.

Finalmente, como la creatividad no tiene límites, pueden perfectamente combinarse dentro de  una única bebida probiótica, distintas proporciones de las tres anteriores, obteniéndose un delicioso refresco que contenga los beneficios específicos del Rejuvelac, de la Kombucha y del Kéfir.